despedida en el aeropuerto
You must leave now,
take what you need,
you think will last.
take what you need,
you think will last.
Bob Dylan
Las maletas, dijo Sandra. Ten cuidado con las maletas. Él estaba pensando en una canción de Bob Dylan que había escuchado antes en la ducha y apenas prestaba atención a lo que hacía. Te he dicho cien veces que no me gusta que pongas las maletas así, que se deforman. Vamos a llegar tarde al aeropuerto, dijo él cambiando de tema, el avión no te va a esperar. ¿Y tú, Juan? ¿Tú me vas a esperar? No supo qué decir, no esperaba una pregunta como esa después de lo de las maletas, y los reflejos le fallaron. Claro, dijo. Ella, sin embargo, continuó con sus prisas y con sus no te olvides de regar las macetas, ni de llamar a tus padres de vez en cuando, y no concedió importancia a la duda de Juan. Ahora sólo pensaba en el curso de perfeccionamiento de francés que iba a impartir en la Sorbona durante los próximos tres meses. Nada le había importado más en el último año que este viaje, que este curso, que este nuevo impulso a su currículo, que su carrera profesional. En el coche se quejaron del calor y escucharon canciones a un volumen tan bajo que apenas podían distinguirse. Sandra garabateó un dibujo en el que mostraba dónde quedaba la casa que iba a ocupar durante los próximos noventa días. Ponía especial cuidado en la pronunciación del nombre de las calles y en señalar actos o personajes históricos que tuvieron algo que ver con cada una de ellas. Juan no sabía francés y todo aquello le sonaba a letanía. De cualquier manera, estaba pendiente de lo que otros conductores menos civilizados que él hacían en la carretera que les llevaba al aeropuerto. Pocos accidentes hay. ¿Qué dices? No, nada. Hay que ver cómo conduce la gente, digo que pocos accidentes hay. ¿Sí? Mira, ésta es la rue des Martyrs... ¿Todavía quieres casarte conmigo? ¿A qué viene ahora esa pregunta? He preguntado yo primero. Sandra no contestó, miró el papel en el que estaba dibujando y dejó escapar un suspiro. Juan encendió el intermitente para indicar que giraba a la derecha. No sabían qué decir y por eso callaban mientras Sandra buscaba un trolley y Juan sacaba las maletas y las dejaba en el suelo del aparcamiento. ¿Tú sabes por qué esto se llama trolley? No, no tengo ni idea. Supongo que se llama así en inglés y nadie ha tenido la ocurrencia de traducirlo. Esperaron algunos minutos delante del mostrador de facturación de equipajes. Miraban el ir y venir de las miles de personas que se encontraban en el aeropuerto. Juan pensó a dónde ira tanta gente y sonrió sin darse cuenta. ¿De qué te estás riendo?, preguntó Sandra. De nada, no me reía de nada. Delante de la puerta de embarque se abrazaron. Ella susurró te quiero tan bajito que Juan no lo escuchó, sin embargo, notó cómo las lágrimas de Sandra mojaban su cuello. Más tarde, Juan se llevó la mano a la boca y, justo antes de que Sandra desapareciera al final de la puerta de embarque, le lanzó un beso.

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